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Allá arriba
En ese silencio extraño,
sutil y divino, cuando las estrellas
están solas; allá, en la inasible
majestad del cielo. Y el pensamiento
y el alma van a esos parajes desnudos,
asombrosamente simples.
La simplicidad; lo complejo está abajo.
Allá el frío pulido y limpio, el aire
que trae lo decisivo y remoto.
Descansar en el mundo por un momento,
apresar los horizontes taciturnos de la luna.
Recostarse: el universo está allá…
o dentro de uno…
Y acaso es todo tan magnífico, tan pulcro…
delicadamente soberbio.
Todo ello, en fin, bondadoso y aséptico,
pues allí no duelen los cuerpos que aman
y sufren. En ese lugar la luna es reina,
con su helado y digno corazón de plata.
Y los rayos descienden sobre las pupilas,
donde duermen el sueño de la paz las viejas,
inútiles y preciosas lágrimas.
La soledad del hombre amando
a la soledad del cielo.
El reposo invencible, indudable;
descanso que participa de la eternidad.
Como una muerte deliciosa, frágil;
y semejando el rocío en la rosa, y el beso,
cálido, en los párpados que nos han amado.
En el cielo descansa lo esencial y límpido del cuerpo,
de la suciedad mortal, de las extrañas,
fantásticas, insensatas y viciosas angustias.
Y aquí abajo, en los humildes paisajes de la muerte,
a veces, sospecho, el alma del cielo
logrará gobernar sobre las almas de los hombres…
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